6 Respuestas

  1. Raúl Carrere
    Raúl Carrere 18 de diciembre de 2011 at 8:47 PM |

    Constantemente nos preguntamos ¿tal cosa es buena o mala? Si al deseo le aplicamos el mismo criterio podríamos preguntarnos ¿es bueno o malo desear? ¿de que depende? ¿hay deseos buenos y deseos malos? ¿hay una medida para el deseo? ¿es bueno o malo según el objeto o la intensidad, o ambas cosas? ¿Acaso la pregunta es errónea y por eso no tiene una respuesta adecuada? Según me dicen en el budismo el deseo es considerado pernicioso pues trae acarreado el miedo y la ira. El miedo de no conseguirlo, el miedo de perderlo una vez conseguido y la ira por la frustración ante la pèrdida. En otro lugar K. consigna que si hay vida hay deseo “si no tuvieseis deseos estariais muertos” (cito de memoria). En otro lugar consigna que el deseo es natural y que se vuelve pernicioso cuando se acopla el pensamiento y le da continuidad. Para mí pensamiento y deseo son simultaneos y no veo la forma (por así decirlo) de desacoplarlos. Saludos

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  2. Giny
    Giny 26 de diciembre de 2011 at 6:05 PM |

    Muy linda la página, son muy interesantes los recortes, por mi parte no puedo verlos mas que como un bello cuadro… K Habla de que es posible la transformación, liberarse de los temores, de los apegos, del sufrimiento, para mí todo eso es constitutivo del ser humano, desde que nace y necesita de un otro para sobrevivir, para formar su yo, su identidad, no es libre. La función simbólica nos diferencia de los animales y permite grandes logros a los seres humanos, pero esa misma función nos separa de la naturaleza y nos obliga a acercarnos a ella sólo superficialmente y a traves de símbolos, no hay objeto que pueda colmarnos completamente y eso justamente produce insatisfacción, cada uno hará lo que puede con esto.

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    1. Horacio Bello
      Horacio Bello 1 de enero de 2012 at 7:56 PM |

      …Cuando un bello cuadro es «observado» adecuadamente puede producir una transformación, no verlo desde nuestro trasfondo, sino simplemente verlo, desprendido de nuestros condicionamientos. Esa observación creo es el desafío que nos plantea K, no liberarse, sino observar y comprender, ahí estaría la clave de nuestra revolución. La libertad puede radicar, justamente, en no ser esclavos de ese yo instrumental que fue creado para la supervivencia material y que, como un cáncer, domina todo nuestro mundo psicológico y nos ata mecánicamente al pasado.

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  3. Gustavo Lijtman
    Gustavo Lijtman 30 de diciembre de 2011 at 1:23 AM |

    Hola Giny, hola todos, Pensaste Giny, que la identidad de la que comentas, puede ser solo una suma de fragmentos, que la unidad que sostenemos, puede ser solo una ilusión y que la función simbólica, puede funcionar en paralelo con la INTELIGENCIA, que es mucho más que el conocimiento, tal vez atrapados a la limitada percepción de la realidad, estamos actualmente separados de la naturaleza, pero es esa la única posibilidad? digo esto porque mi percepción asegura que el sol se mueve en el cielo, la ciencia dice otra cosa ¿verdad? sigamos investigando en la atención y el silencio

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  4. Gustavo Lijtman
    Gustavo Lijtman 8 de enero de 2012 at 1:55 PM |

    Ampliando, ciertas investigaciones sobre la fragmentación, esbozo un área de indagación ¿es posible, que los fragmentos constituyentes (de un ser humano) no se comuniquen adecuadamente, (digamos, simplificando) por la falta de un idioma común, raíz (probable) de la contradicción y el conflicto, una especie de torre de babel interior. Abrazos

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  5. Guzmán
    Guzmán 19 de enero de 2012 at 2:45 PM |

    Jiddu Krishnamurti contando chistes.

    Quienes tuvieron el placer de tratar a K le escucharon contar historias divertidas, chistes e infinidad de anécdotas. K nunca se hizo pasar por autor de las cosas cómicas que contaba. Las fuentes de algunos de sus cuentos se remontan a la literatura zen. Pero él los modificaba un poco. Empleaba los chistes y las historias ajenas para instruir y despertar a cuantos buscaban su consejo así como para aclarar aspectos difíciles de sus enseñanzas. En sus horas de ocio en Colombo, vimos a K leer un libro de chistes. A K le encantaba el humor de Mark Twain y pude comprobar que en la biblioteca personal que tenía en Arya Vihar, en Ojai, tenía varios libros de este gran humorista norteamericano. Algunas de sus historias no se basaban en hechos pero eso no tenía ninguna importancia porque su propósito era transmitir un mensaje.

    K disfrutaba contando historias en las que se describían comportamientos personales que no estaban de acuerdo con los principios morales reconocidos. He aquí un buen ejemplo:

    Dos monjes que habían hecho votos de abstinencia sexual absoluta, de pensamiento, palabra y hecho, regresaban lentamente a su monasterio después de haber ido a un funeral. El monje más anciano iba delante del joven novicio que llevaba en una bolsa de cuero las monedas que les habían dado por oficiar el funeral. Al pasar delante del prostíbulo del pueblo, el joven novicio dijo entusiasmado:

    «¿Vamos a ver a la prostituta del pueblo y a gastarnos lo que hemos ganado?»

    Presa del asombro y el disgusto, el monje más anciano reprendió al joven novicio:

    «¡Avergüénzate! ¿Acaso no sabes que no deberías tener estos pensamientos? Además, no tenemos dinero suficiente para eso».

    Otra historia también se refiere a dos monjes que habían hecho votos de castidad y abstinencia absoluta de pensamiento, palabra y hecho. Partieron juntos en un largo viaje durante el cual debían recorrer a pie poblados, bosques y tierras pantanosas. Se disponían a cruzar un río con una fuerte corriente cuando se les presentó una atractiva muchacha y les pidió que la ayudasen a cruzar.

    «Márchate» le gritó el monje joven, «porque hemos hecho promesa de no tener tratos con mujeres».

    «Os ruego que me ayudéis» sollozó la muchacha.

    Al oír esto, el monje más anciano la alzó en brazos y vadeó el río de rápida corriente. Cuando hubo cruzado, la mujer le agradeció el favor y se marchó. Concluido el incidente, el monje joven se pasó varios días criticando la conducta del más anciano. Se quejaba muy airado:

    «Has tenido una conducta impropia al tocar el cuerpo de una mujer».

    El monje más anciano le espetó:

    «¡Yo dejé a esa mujer en la orilla del río pero tú sigues llevándola en brazos!»

    Esta historia ilustra la mente poco casta del joven monje que seguía turbado por un hecho inocente que pertenecía al pasado. Según K, la verdadera castidad consiste en estar libres de la formación de imágenes y su almacenamiento en el espíritu. Por lo tanto, su idea de la castidad estaba muy alejada de la actitud tradicional que insiste en evitar todo contacto con el sexo opuesto.

    Un día, mientras K y yo almorzábamos en Gstaad, Suiza, me preguntó con curiosidad qué lugares de interés cultural había visitado en mis vacaciones de verano en Roma. Le comenté que lo más interesante de mi viaje había sido el día que pasé inspeccionando los estantes de la maravillosa Biblioteca Apostólica Vaticana. Le describí con entusiasmo los antiguos manuscritos, los primeros libros impresos y otros tesoros de esta institución. Le referí a K que los administradores de esa gran biblioteca habían aceptado agradecidos algunos libros que yo había escrito sobre sus enseñanzas. También les regalé algunos libros de K que fueron muy bien recibidos. «Será muy divertido» dije, «cuestionar sus creencias y dogmas y sacudir los cimientos mismos de la Iglesia Católica Romana. ¿No le parece necesario estimular a los teólogos a que lean libros relacionados con sus enseñanzas?»

    K me preguntó: «¿De veras están interesados?»

    Le contesté: «Pues tenemos que hacer que se interesen. ¿Cree usted que al Papa le interesaría asistir a sus charlas?» La ingenuidad de mi pregunta lo sorprendió. Me lanzó una mirada incrédula y me dijo: «¿El Papa en Saanen? No lo creo probable». De inmediato, K se puso a hablar de las magníficas obras de arte que había visto en el Vaticano. Me dio la impresión de que no había tenido una audiencia con ningún Papa, pero me comentó que Juan Pablo I muy sonriente lo había saludado con la mano. K sentía una simpatía especial por ese Papa, al que describía como «un hombre amistoso». K lamentaba que hubiera muerto repentinamente después de un breve reinado. Muy divertido, K me contó esta historia:

    Encontraron a un mendigo harapiento orando en la Capilla Sixtina, la capilla del Papa, decorada con frescos de Miguel Ángel y otros pintores. El Papa notó enseguida la presencia del mendigo y de inmediato manifestó su fastidio. «¿Quién es ese hombre que está ahí arrodillado? No lleva la ropa adecuada». El Papa ordenó al mendigo que abandonara de inmediato la Capilla Sixtina. El hombre tuvo que obedecer. El mendigo se sintió decepcionado por el rechazo del Papa, pues para él, que era muy devoto, aquello casi equivalía a haber sido excomulgado de la Iglesia Católica. Regresó a la sórdida habitación que ocupaba en un barrio bajo de Roma. Y en la soledad y el silencio de su cuarto se arrodilló para rezar. De repente, Dios se le apareció en persona. El pobre hombre no daba crédito a sus ojos al ver al Todopoderoso en todo Su esplendor. Dios se dirigió a él amorosamente y le preguntó:

    «¿Cuál es tu problema?»

    «Mi problema» le contestó, «es que me echaron del Vaticano».

    «No te preocupes» le dijo Dios, «porque a mí tampoco me dejan entrar».

    A K le gustaban los chistes y las anécdotas de Jesús y, sobre todo, de misioneros que viajan a países lejanos con la intención de convertir al cristianismo a los paganos que se niegan a reconocer al Dios de la Biblia.

    Una de sus historias preferidas era la de un misionero que ponía gran celo en su trabajo e intentaba predicar los evangelios a un grupo de caníbales. A los caníbales les molestó tanto su actitud desdeñosa que decidieron comérselo para la cena. Se disponían a freír al misionero en una olla de aceite hirviente.

    «Por favor, no me comáis pidió el misionero asustado».

    «Lo que uno come» filosofó uno de los caníbales, «es cuestión de gustos. A ti te encanta comer carne de vaca y nosotros preferimos la de misionero. »

    Susanaga Weeraperuma
    KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
    Traducción de Celia Filipetto
    Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)
    http://seaunaluzparaustedmismo.blogspot.com/

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