¿Por qué es que la mayoría de nosotros busca un método para la felicidad, para el recto pensar, para la paz de la mente o la paz del alma, o lo que fuere?
En primer lugar, es con mentalidad de técnicos industriales que hacemos frente a la vida. Esto es, queremos enfrentarnos a la vida eficientemente, y para ello creemos necesario un método; y casi todas las sociedades religiosas, casi todos los instructores, ofrecen un método: cómo ser pacíficos, cómo ser felices, cómo tener una mente serena, cómo concentrarse, etc. Ahora bien, donde hay eficiencia hay crueldad; y cuanto más eficientes seáis, más intolerantes, más encastillados, más obstinados seréis. Esto desarrolla gradualmente un sentido de orgullo; y el orgullo, evidentemente, nos aisla y resulta destructivo para el entendimiento.
Admiramos a las personas eficientes; y los gobiernos del mundo entero se interesan en el fomento y la organización de la eficiencia: eficiencia para producir, para matar, para poner en práctica la ideología de un partido, de una iglesia o de tal o cual religión. Todos queremos ser eficientes: de ahí que cultivemos la exigencia psicológica de una norma a la cual nos ajustaremos con el objeto de lograr eficiencia. La eficiencia, que significa cultivo de una técnica, de un método, implica psicológicamente la práctica constante de un hábito. Sabemos acerca de los hábitos industriales, pero muy poco del hábito psicológico de la resistencia.
Y no estoy del todo seguro de que eso no sea lo que la mayoría de nosotros esté buscando: el cultivo de un hábito que nos haga eficientes para hacer frente a la vida, que es tan veloz. De suerte que si podemos comprender, no sólo verbalmente sino también en los niveles psicológicos más profundos, todo este proceso del cultivo de la técnica, del método, de los medios, entonces, a mi parecer, podremos comprender qué es lo que significa el que uno sea creador. Porque, cuando hay impulso creador, él hallará su propia técnica o su propio medio de expresión.
Pero es obvio que si estamos consumidos, embebidos, en el cultivo de una técnica, jamás encontraremos lo otro. ¿Y por qué es que queremos una técnica, la norma psicológica de acción que nos de certeza, eficiencia, continuidad, un esfuerzo sostenido? Al fin y al cabo, si habéis de leer libros religiosos, casi todos ellos, estoy bastante seguro, contienen la línea de conducta ‑y no es que yo haya leído alguno. El camino a seguir adquiere importancia porque él indica la meta; por tanto, la meta es distinta del camino. ¿Es cierto eso? ¿Los medios son diferentes del fin? Si psicológicamente cultiváis un hábito, un método, un medio, una línea de conducta, una técnica, ¿el fin no está proyectado, cristalizado de antemano? Los medios y el fin, por lo tanto, no son distintos.
Es decir, no podéis tener paz en el mundo por medios violentos, en el terreno que fuere. Los medios y el fin son inseparables; y la mente que cultiva un hábito creará el fin que ya está previsto, cultivado, que ya existe, proyectado por la mente. Y eso es lo que casi todos queremos. La técnica es tan sólo el cultivo de lo conocido, de la seguridad, de la certeza; y con lo conocido la mente quiere percibir lo desconocido; por lo tanto, jamás podrá comprenderlo. Así, pues, lo que importa son los medios, no el fin; porque el fin y los medios son una sola cosa. Así, pues, la mente que cultiva un hábito, una línea de conducta, una técnica, impide la “creatividad”, ese extraordinario sentido de descubrimiento espontáneo.
Nuestro problema, entonces, no consiste en utilizar una nueva técnica, un nuevo hábito, o descubrir un nuevo camino, sino en librarnos por completo de la búsqueda psicológica de una técnica. Si tenéis algo que decir, lo diréis; las palabras adecuadas aparecerán. Mas si nada tenéis que decir, y si cultiváis una elocuencia maravillosa ‑ya lo sabéis: asistiendo a escuelas donde se aprende oratoria- entonces lo que proyectáis, lo que decís, tendrá escasa significación.
Así, pues, ¿por qué es que casi todos buscamos un método, una técnica? Evidentemente, queremos estar seguros, tener certeza de no ir por mal camino; no queremos experimentar, descubrir. La práctica de una técnica impide descubrir de instante en instante; porque la verdad, o lo que sea, es de instante en instante, no es un arco continuo que crece, que aumenta. ¿Podemos, pues, librarnos del impulso psicológico de estar seguros, de cultivar un hábito, una práctica?
Todas esas cosas son resistencias, defensas; y con este mecanismo defensivo queremos comprender algo que es vital, veloz. Ahora bien, si podemos ver eso, ver lo que implica el cultivo o la búsqueda de un medio, si podemos ver la significación psicológica de tal búsqueda, no simplemente la significación superficial o la significación industrial, que es evidente; si podemos comprenderla de manera cabal, según voy explicándolo y según vosotros y yo lo vamos experimentando, entonces, tal vez, podremos descubrir lo que significa estar libre de ella. ¿Y es posible librarse del deseo de estar psicológicamente en seguridad?
La técnica, un medio, ofrece seguridad. Caéis en una rutina, y entonces no es cuestión de acertar o fracasar; funcionáis, simplemente, de manera automática. ¿Es posible que una mente adiestrada durante siglos en el cultivo de un hábito, de un medio, pueda ser libre? Sólo es posible cuando nos damos cuenta del pleno significado del hábito, del proceso total de su impulso. Es decir, observad en silencio, mientras yo hablo, vuestro propio proceso; daos cuenta del efecto acumulativo de todos vuestros deseos de triunfar, de ganar, de lograr, todo lo cual niega la comprensión.
Porque la comprensión de la vida, de este proceso total, no llega por medio del deseo; tiene que haber un encuentro espontáneo con ella. Si uno puede ver todo este proceso psicológico, así como su expresión externa ‑cómo todos los gobiernos, toda la sociedad, todas las diversas comunidades, exigen eficiencia, con toda la crueldad que la acompaña- entonces, tal vez, la mente empezará a desprenderse de sus hábitos corrientes.
Entonces será realmente libre; ya no buscará un medio. Entonces, cuando la mente está quieta, surge ese “algo” creador que es la creación misma. Esta encontrará su propia expresión; no tenéis que escogérsela. Si sois pintores, pintaréis. Ese entendimiento creador, no la expresión técnica de algo que habéis aprendido, es lo vital, lo que trae la gracia, lo que brinda felicidad.
Así, pues, la realidad, o Dios, o lo que os plazca, es algo que no puede llegar por conducto de una técnica, de un medio, mediante una larga práctica y una resuelta disciplina. No es un curso trazado con un fin conocido. Hay que lanzarse al mar inexplorado. Tiene que haber “unitotalidad”. La “unitotalidad” no implica medio alguno. No sois “unitotales” cuando disponéis de un medio.
Ha de haber completa desnudez, ausencia total de todas estas prácticas, esperanzas, placeres y deseos de seguridad acumulados, todo lo cual mantiene consistentemente un medio, un método, una técnica. Sólo entonces surge “lo otro”, y entonces el problema se resuelve. El hombre que muere de instante en instante, y que, por lo tanto, se renueva, es capaz de enfrentar la vida. No es que él sea distinto de la vida; él es la vida.
El Conocimiento de Uno Mismo, Editorial Orion, Mexico 12° conferencia del 21 de abril de 1949.