ROGER GODEL

La cita del presente libro del autor mencionado se vincula centralmente a “nuestro querido” ego; del que debemos ocuparnos todas las veces que sea necesario para intentar comprender en nuestros estados de conciencia lúcida su naturaleza, estructura e influencia en nuestra conductas personales y sociales. Creemos que la obra que a modo de introducción breve traemos a colación es un exelente trabajo en ese sentido, esperamos que lo compartan y lo aprovechen:

Uno de los más notables entre los matemáticos físicos de nuestro tiempo, Oppenheimer, declaraba recientemente: “El mundo es en realidad un lugar abierto, mas partimos de una experiencia bruta tan limitada, y nuestras mentes están tan fuertemente determinadas por esa experiencia, que , cuando la ciencia nos lleva a nuevas regiones no siempre estamos preparados para comprender lo que nos confronta, y nos vemos sumergidos. Descubrimos que, al penetrar en esos dominios nuevos, el género de palabras utilizadas y el género de ideas que empleamos, aunque a propósito para cierta situación, pueden conducir a la paradoja y al desconcierto en otra. Una de las primeras cosas que el estudio de la estructura atómica debe hacernos comprender es: el profundo y sutil principio que es la clave necesaria para desenredar todo ese dominio de la experiencia en física, a saber: el principio de complementariedad en virtud del cual se reconoce que diversas formas de explicar una experiencia física pueden tener cada una su validez, ser cada una necesaria para una descripción adecuada del mundo, a la par que se oponen recíprocamente en una relación de contradicciones mutuas….

…Es indudable que las ciencias físicas han demostrado que la noción usual de materia dejaba de ser aplicable en la escala del átomo, El objeto, ese tablero de madera, por ejemplo, cuya plenitud compacta se impone a nuestros sentidos, está realmente más vacío que una catedral en la que zumbara un enjambre de moscas; y aún habría que revisar enteramente nuestra creencia en la “materia” de que esas moscas están hechas.

Sin embargo, esa revelación del vacío no consigue aniquilar mi fe, esa convicción empírica indestructible, en la infalibilidad del tacto. Me veo obligado a creer en la “realidad” del objeto tal cual se manifiesta a mis sentidos. Es una dominación tiránica y de naturaleza muy rudimentaria, que aparentemente ejercen sobre nuestra personalidad las relaciones de contacto; bajo la influencia de su imperio incesante, se ha constituído en los centros del cerebro un esquema del cuerpo. Esa representación del yo corporal nos da (¿no sería mejor decir nos impone?) un cuadro de referencia a priori; el mundo de las realidades está escindido en dos polos antagonistas: el yo (subjetivo), el no-yo (objetivo), dualismo que el lenguaje transmitido con la experiencia común, no tardará en consagrar y elevar a la categoría de verdad incontestable. Ya tenemos, pues, el pensamiento consciente firmemente, establecido sobre la base del egocentrismo; de esa posición nacieron todas las reglas de conducta, las modalidades diversas de la reflexión, la mayoría de las culturas.

…Y aquí alcanzamos nuevamente el pensamiento de Oppenheimer: “El mundo que los sentidos definen es simplemente un mundo de apariencias. El mundo de la realidad se oculta bajo la superficie de las cosas; y en ese mundo real, tanto el místico como el sabio se esfuerzan por penetrar mediante sus técnicas propias, el místico por el silencio de los sentidos y la introspección, el hombre de ciencia pr las matemáticas y el razonamiento inductivo.”..

…¿Por qué no ha progresado la psicología en el mismo grado que las ciencias físicas? porque aquí el sabio ha tomado como sujeto de su investigación no una materia “sin alma”, sino un conjunto vivo parecido a él mismo. Su campo de experiencia es una “psique” en la cual se reconoce. Inconscientemente proyecta en ella como en un espejo las representaciones mentales, los efectos, los impulsos nacidos de su propia actividad: ilusiones a las que es difícil sustraerse. De ese modo es que el pensamiento del psicólogo obra en el mundo de las experiencias comunes, sujeto por la “viscosidad del espíritu” a que se ha hecho alusión…

…A la luz de esa visión, ¿Qué es el ego? Nada más que el producto inasible de esa movilidad que ninguna observación, por más aguda que sea, podrá jamás estabilizar en una fórmula. Nada más que la sombra y las vacilaciones de una claridad distante.

Recapitulemos las etapas escalonadas por las cuales el análisis discriminativo ha llevado al pensamiento a su límite extremo:

1ª El “sujeto” proyecta en primer lugar ante él la imagen de su propio cuerpo; es aparentemente un objeto viviente, análogo a cualquier otro cuerpo humano; a esa representación arbitrariamente privilegiada se refiere el sentimiento general del yo.

2ª El “sujeto” reconoce la naturaleza puramente subjetiva de esa imagen del yo; el cuerpo visible y sentido, con el mismo título que las demás elaboraciones sensoriales, es un producto de la actividad nerviosa; depende de las relaciones recíprocas que unen a los centros; semejantes condiciones son eminentemente precarias, impermanentes y de carácter relativo. Ese inestable y extraño fenómeno que es el yo (o ego) se sustrae, pues, a toda definición. Admitamos que permanece implantado de modo difuso entre los centros corticoparietal, talámico, diencefálico, mesocefálico y paraventricular del cerebro, explorando desde ahí diversos territorios asociados para integrarlos en cierta representación. ¿Se puede razonablemente conferir los caracteres de lo Real, los caracteres, por ejemplo, del Invariante matemático, a ese juego de fuerzas sin identidad y sin duración, a esos flujos electrónicos en perpetua mutación?

3ª En consecuencia, la noción concreta del yo corporal o psíquico se evapora, o más bien, se reúne en el mundo interior de las imágenes o las otras representaciones subjetivas; examinemos de cerca sus títulos a la existencia: son los mismos que posee cualquier objeto percibido por nuestros sentidos. El yo (ego) no es más que un objeto frente al pensamiento discerniente establecido en el más profundo nivel de la esfera intelectual, y ese objeto, como toda representación psicosensorial situada en el plano relativo, se desvanece en el análisis: se une finalmente a esa “matriz o reja infinita de dos dimensiones” de que nos hablan los matemáticos, esos “componentes armónicos que definen todas las vibraciones posibles del sistema”.

¿Es posible llevar aún más allá la purificación y la liberación del espíritu?¿Existe allende las fronteras de la psique un reino desconocido, un universo de la trascendencia, que para dejarse identificar requiera la manifestación de poderes distintos a los del pensamiento?

¿ En que vacío o en que plenitud se hunde el que puede seguir por la huella la claridad de la conciencia hasta su frente- hasta el lugar donde reside el Testigo? Para significar esa intrusión, esa absorción en el Centro de la suprema aventura, todas las palabras son inadecuadas, pues aquí, el pensamiento, despojado de sus atributos deja de ser pensable.¿Como llamar a esa conciencia iluminada por su propia luz?¿Intuición trascendente?¿Función de referencia axil? Cualquier terminología es falible. Más vale abstenerse de calificaciones. En cuanto quedan abolidas las nociones de tiempo y espacio, las palabras forjadas en la extensión y en la duración dejan de tener sentido. Habría que acudir a una lengua enteramente fundada en la experiencia misma de la trascendencia…

Ensayo sobre la Experiencia Liberadora, Editorial Hachette, 1955, pags: 104/115.-

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