RAM DASS

Este conocido psicólogo de Harvard, cuyo verdadero nombre es Richard  Alpert,  revolucionó contemporáneamente en su disciplina, junto con otros avanzados como Timothy Leary  y Aldous Huxley, la concepción tradicional occidental de la psiquis humana. En este breve y textual trabajo,  denominado  Realidades Relativas, nos acerca con llamativa claridad a tres cuestiones de difícil y a veces contradictorio desarrollo: la meditación, el ego y la percepción de la realidad. Meditar, sin reprimir, observar el ego, sin eliminarlo, “veamos” que nos dice: 

  “Tienes en este momento, lector, muchas constelaciones de pensamientos, cada una de las cuales configura una identidad  sexual, social, cultural, educacional, económica, intelectual, histórica,  filosófica y espiritual, entre otras. Una u otra de estas identidades se hace cargo de la situación en la medida que esta lo exige, y por lo general tú te pierdes en la identidad que en un momento dado domina tus pensamientos, En el momento en que alguien es madre, padre, estudiante, o amante, lo demás se pierde.

  Si vas a ver una buena película, te dejas llevar por el argumento y cuando las luces de la sala se encienden una vez terminado el filme, te sientes ligeramente desorientado y necesitas un tiempo para volver a ser la persona que está sentada en la butaca. Pero si la película no es buena  y no te cautiva, entonces oyes el ruido de los que comen caramelos, atiendes a la calidad técnica de la obra y percibes a la gente que hay en la sala. Tu mente no se decide a sumergirse en la película.

  La calma que la meditación aporta a tu vida es como retraerse de la película. La película es tu vida y su trama es melodramática.¿Llegaré a la iluminación?¿Me casaré, tendré hijos?¿ Me compraré un coche nuevo? Tales son las líneas argumentales.

  Otra forma de entender el espacio el cual nos acerca a la meditación es pensar en los sueños. Tal vez nunca hayas tenido la experiencia de despertarte de un sueño dentro de un sueño,  pero todas las mañanas, cuando te despiertas, ¿te despiertas de un sueño a qué?¿ A la realidad?¿ O quizás a otro sueño? La palabra  “sueño” tiene una sugerencia de irrealidad. Una forma más elegante de decirlo es que te despiertas de una realidad relativa a otra.

  Crecemos en un plano de la existencia al cual llamamos real. Nos identificamos totalmente con esa realidad considerándola absoluta, y las experiencias o vivencias que no son congruentes con ella las descartamos, tachándolas de sueños alucinaciones insania o fantasía. Lo que Einstein demostró en la física es igualmente válido para todos los demás aspectos del cosmos: toda realidad es relativa. Cada realidad es verdadera sólo dentro de determinados límites y no es más que una de las posibles versiones de cómo son las cosas.  Siempre hay múltiples versiones de la realidad. Despertar de cualquier realidad aislada es reconocer su naturaleza relativa; y la meditación es, ni más ni menos, un recurso para conseguirlo.

  La conciencia normal de vigilia, los estados oníricos, los estados emocionales y otros estados de conciencia son realidades diferentes, algo así como los canales del receptor de TV. Mientras vas paseando por la calle puedes sintonizar tu “receptor”  con el mundo en cualquier cantidad de canales. Cada manera de sintonizarlo, crea una calle muy diferente, pero la calle no cambia: el que cambia eres tú.

  La percepción que se da en el proceso meditativo deja margen para que todas las maneras de ver existan en el espacio que rodea al acontecimiento. Es  una percepción caracterizada por una claridad que pone al descubierto  tanto el funcionamiento de la mente como el de las demás fuerzas que operan en una situación. Y esta claridad te permite ver, momento a momento, los factores que determinan tus opciones. Sin embargo, para captar todo esto no tienes que pensar. Te encuentras con que sabes, con que comprendes. En esta quietud y claridad interiores te apercibes plenamente de toda la gestalt, de la totalidad del cuadro. Sin esfuerzo alguno, tu respuesta es óptima en todos los niveles sin limitarse a ser una reacción mecánica en uno solo de ellos. La respuesta es afinada, armónica, fluyente.

  Tu ego es una serie de pensamientos que definen tu universo. Es como una habitación familiar construida de pensamientos: a través de sus ventanas ves el universo. En esa habitación, estás seguro, pero en la medida en que te da miedo aventurarte fuera de ella, se ha convertido en una prisión, Tu ego te ha estafado, crees que para sobrevivir necesitas su manera específica de pensar. El ego te controla por mediación del miedo a la pérdida de identidad. Parece como si abandonar esos pensamientos equivaliera a eliminarte, de modo que te aferras a ellos.

  Hay una alternativa. Para escapar de su tiranía, no necesitas destruir el ego. Puedes mantener ese cuarto familiar para usarlo cuando quieras y estar en libertad de ir y venir. Primero, necesitas saber que eres infinitamente más que la habitación-ego por la cual te defines, y una vez que sepas tienes el poder de hacer del ego, en vez de una prisión, una base.

  Necesitamos de esa matriz de pensamiento, sentimientos y sensaciones que llamamos el ego para sobrevivir física y psicológicamente. El ego nos dice que es causa de qué, qué debemos evitar, cómo satisfacer nuestros deseos y qué hacer en cada situación. Y lo hace poniendo rótulos a todo lo que percibimos o pensamos. Estos rótulos imprimen orden a nuestro mundo y nos proporcionan una sensación de seguridad y de bienestar. Con esas etiquetas conocemos nuestro mundo y sabemos qué lugar ocupamos en él

  El ego convierte  un mundo indómito en un lugar seguro. Son incontables las impresiones sensoriales y las ideas que nos acosan, de modo que si el ego no filtrara y excluyera la información que no viene al caso, la sobrecarga nos inundaría, nos abrumaría y, en última instancia, nos destruiría. O por lo menos, así parece.

  El ego nos ha convencido de que lo necesitamos…y no sólo de que lo necesitamos, sino de que “somos” él. Yo soy mi cuerpo. Soy mi personalidad. Soy mi neurosis. Soy (estoy) enojado o deprimido. Soy buena persona. Soy sincero. Busco la verdad. Soy un perfecto haragán. Definición tras definición. Cuarto tras cuarto. Algunos están en apartamentos de mucho nivel: soy muy importante. Algunos están en los suburbios de la ciudad, sobreviviendo apenas.

  La meditación plantea la cuestión de quiénes somos realmente. Si somos lo mismo que nuestro ego, entonces si abrimos los filtros del ego y lo inundamos, nos ahogaremos. Por otra parte, si no somos exclusivamente tal como el ego nos define, entonces es posible que la remoción de los filtros del ego no sea una amenaza tan grave. Es posible que, de hecho, signifique nuestra liberación. Pero mientras el ego lleve la voz cantante, jamás podremos ser otra cosa que lo que él nos diga. Como un dictador, nos ofrece una seguridad paternalista a expensas de nuestra libertad.

  Podremos preguntarnos cómo podemos sobrevivir sin nuestro ego. No te preocupes,  que no desaparece. Y con todo, podemos aprender a aventurarnos más allá de él. El ego está ahí en calidad de servidor nuestro; nuestra habitación está ahí. Siempre podemos valernos de ella como de un despacho, cuando necesitamos ser eficientes. Pero cabe dejar la puerta abierta para poder salir siempre.

  La mayoría de las personas no pueden escapar, pues se identifican totalmente con sus pensamientos. Son incapaces de separar la percepción pura de los pensamientos que son sus objetos. La meditación te permite romper esta identificación entre la percepción y los objetos de la percepción. Tu percepción es diferente tanto de tus pensamientos como de tus sentidos. Puedes ser libre de dirigir tu percepción hacia donde quieras, en vez de estar atrapado, empujado y tironeado por  cada  impresión sensorial y cada pensamiento. La meditación deja en libertad tu percepción. 

  La senda que conduce a la libertad pasa por el desapego de los viejos hábitos del ego. Lentamente llegarás a una integración nueva y más profunda de tus experiencias en una estructura del universo más evolucionada. Es decir que fluirás más allá de los límites de tu ego hasta que, en última instancia, te fundas con el universo. En ese momento habrás trascendido el ego. Hasta entonces, tendrás que romper viejas estructuras, construir otras aún más amplias.

   Hasta el final mismo del ascenso de la montaña de la liberación persiste un sufrimiento sutilísimo, pues sigue habiendo un individuo, hombre o mujer, que se identifica con su condición de entidad separada. Todavía hay apego, todavía queda un último vínculo por romper. En el momento de trepar al pico más alto o de recorrer la más estrecha de las cornisas, el escalador debe renunciar a todo, incluso a la conciencia de sí mismo, para convertirse en el perfecto instrumento de la escalada. Y en los momentos finales de esta, trasciende incluso la identidad de escalador. Como dijo Cristo, en verdad  hay que morir y nacer de nuevo.

  Después de haber llegado a la cumbre, después de pasar por la transformación total del ser, después de haberse liberado del miedo, la duda, la confusión y el estar pendiente de sí mismo, queda todavía un paso por dar para completar ese viaje: el regreso hacia abajo, al valle, al mundo de lo cotidiano. Y el que regresa ya no es el que había empezado a escalar. El ser que retorna es la tranquilidad misma, es la compasión y la sabiduría, es la verdad de las edades. Cualquiera que sea la posición, elevada o humilde, que ese ser ocupe en la comunidad, se convertirá en una luz para otros que estén en el camino, en una expresión de la libertad que se alcanza al tocar la cumbre de la montaña.

Más allá del Ego, 5ª Edición, Editorial Kairós, Páginas: 210/214

Una respuesta

  1. horacio bello
    horacio bello 13 de febrero de 2012 at 7:33 PM |

    Creo que lo más interesante de este texto es el vínculo que el autor intenta establecer entre los pensamientos, la realidad y el ego, como así también que la “cosa” no pasa por reprimir nada de lo que ocurre en nuestra “cabeza”

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