RAFAEL ECHEVERRÍA

“El observador es lo observado”, esta máxima de Krisnaji impregna toda su prédica. La comprensión de la naturaleza y profundidad del condicionamiento implica saber cómo se estructura el observador, limitando o atenuando de algún modo nuestras respuestas mecánicas ante los desafíos de la vida. Hemos elegido justamente de este libro del autor citado, párrafos del capítulo en el que, particularmente, desmenuza, desde su óptica, esta cuestión tan complicada de nuestra psiquis:

“Comenzaremos diciendo algo que bien podría parecer una obviedad: la forma como vemos las cosas es sólo la forma como vemos las cosas. Si reflexionamos un poco sobre esta proposición, reconoceremos, sin embargo, que en general suponemos que lo que hacemos es más que ver las cosas como las vemos: creemos que la forma como vemos las cosas corresponde a como las cosa son. De alguna manera damos por sentado que los seres humanos tenemos la capacidad de percibir las cosas en la transparencia de su ser, sin mayores filtros.

Basta, sin embargo, con situarnos desde la perspectiva de nuestra biología para reconocer los múltiples filtros que ella nos impone. Descubrimos que nuestras percepciones resultan de la forma como distintas perturbaciones ambientales desencadenan diferentes reacciones en nuestra estructura biológica. Los colores que percibimos, los sonidos que oímos, resultan todos ellos de los rasgos propios de nuestro sistema nervioso y de nuestros órganos sensoriales. Esos colores y sonidos, tal como los percibimos, no existen independientes de nosotros. Ello no niega la importancia de los estímulos que los provocan, en la medida que despiertan reacciones en nuestra biología. Pero el contenido de nuestras percepciones y de nuestras sensaciones remite a nuestra particular conformación biológica.

La forma como vemos las cosas, entonces, es sólo la forma como las vemos…

Una vez que aceptamos lo anterior nos damos cuenta de la importancia de preguntarnos por el tipo de observador que somos, por el tipo de observador que nos conduce a observar lo que observamos. Esta es una pregunta que difícilmente podemos hacernos cuando suponemos que observamos las cosas como ellas son y no de acuerdo a como nosotros somos. Desde esta perspectiva, la pregunta pasa a ocupar un lugar central para entender cómo somos, cómo constituimos nuestros mundos y cómo nos relacionamos con los demás. “No vemos las cosas como son, sino de acuerdo a como somos”, dice el Talmud.

…En el siglo XVIII Kant efectúa un giro copernicano en la filosofía al plantear que el entendimiento posee leyes que son previas a los objetos que se le presentan. Para saber que somos capaces de conocer, debemos saber cuáles son esas condiciones. El ejercicio de esas leyes permite y exige al que conoce ordenar la experiencia desde esas limitaciones. La aprehensión de las cosas en sí escapa a las posibilidades del conocimiento humano, sostiene Kant.

Cuando conozco algo, dice Kant, lo transformo, lo modifico. Espacio, tiempo y categorías son aportados por mí en este acto del conocer, y su efecto es ordenar el caos de sensaciones que provienen del mundo externo. Lo que conozco es el resultado de lo dado por la realidad externa, más lo puesto por mí. Así, el conocimiento es en cierto modo una transformación de lo real. Esto significa que la mente humana no es como se pensó, una tábula rasa en que vienen a imprimirse los estímulos llegados del exterior. La mente humana interviene activamente en la experiencia del conocimiento. El caos de sensaciones es procesado, nombrado, reconocido, sin lo cual “para nosotros no es nada”, como señalara Kant.

Estamos lejos de la noción de que el ser humano era un receptor pasivo de lo que la realidad externa imponía a sus sentidos y a su comprensión: el observador actúa sobre esa realidad y le da la forma, la secuencia y las relaciones que su estructura de observador exige. Lo que llamamos conciencia es un producto de esa acción y en esa acción el observador se constituye. No quiere decir esto que el observador “constituya” la realidad, Sólo constituye la manera en que da cuenta de ella. Y esta manera es propia de él, le pertenece.

  • Según sostuviera Nietzsche, cada percepción, cada idea, es sólo una interpretación, una perspectiva, Esta manera perspectivista de encarar el mundo es constitutiva del ser humano, No podemos escapar a ella. No es posible, en consecuencia, argumentar con la lógica de la verdad. La perspectiva es siempre singular, pero lo es de una manera tal, que no impide el juego de ´pluralidad de perspectivas: no hay una única interpretación.

No existen entonces, siguiendo a Nietzsche, normas objetivas que determinen cuál de nuestras interpretaciones es correcta y cuál es falsa. Y en ese sentido, para él la existencia humana representa un desafío moral permanente. El ámbito de las ideas morales está constituido por los juicios del observador: no hay fenómenos morales, dirá Nietzsche, sino únicamente interpretaciones morales de los fenómenos.

La noción de observador nos abre a la posibilidad de construir nuevas modalidades de convivencia con los demás. Ello, por cuanto nos ofrece una forma de entender y resolver nuestras discrepancias y diferencias que podría escapársenos sin esa noción.

La indagación en el sentido de la vida, es como define la ética el gran filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein: la capacidad de indagar, y luego, la capacidad de actuar en coherencia con las respuestas a esa indagación, son las más importantes en la constitución del observador, desde el punto de vista de la ética personal. Hay que hacer notar, sin embargo, que no estamos refiriéndonos a una indagación teórica en el camino del conocimiento. Desde la perspectiva ética, esta modalidad de búsqueda nos lleva a encontrar la capacidad para amar la vida, que se despliega en diferentes situaciones de relación y de acciones que encontramos o generamos en nuestro caminar.

La emocionalidad nos constituye en observadores diferentes. Distintos estados emocionales nos predisponen a observar ciertos eventos o aspectos del entorno y a no observar otros. Una persona que se encuentra distraída, por ejemplo, tenderá  a observar cosas distintas de las que tenderá a observar una persona asustada. Y lo mismo podemos decir con respecto a cualquier emoción. Pero la diferencia que ella establece en el observador no se limita a lo que éste sea capaz de observar o no observar. Frente a un mismo acontecimiento dos observadores tendrán miradas distintas, de acuerdo a los tipos de emocionalidad en que se encuentren. La emocionalidad colorea nuestras observaciones de maneras diferentes.

Convertirse en un observador de la emocionalidad, implica partir por identificarla como emocionalidad y no como “atributo del mundo” o la manera “como son las cosas”. Pero, efectuada esa observación, que nos permite ver que no somos responsables de nuestros estados emocionales, advertimos también que somos responsables de permanecer o no en ellos.

Todo observador califica el mundo en el que se desenvuelve y lo que en él acontece. Toma posición frete a los hechos, frente a las personas y frente a su propia vida. Esta toma de posición, se realiza a través de juicios.

Epicteto, aquel griego que viviera en la segunda mitad del siglo I y comienzos del siglo II d.C y que pertenecía a la escuela estoica, sostuvo que las opiniones o juicios de los hombres definen no sólo el mundo en que habitan, sino que determinan su propia vida. De acuerdo con los juicios que los seres humanos emiten sobre lo que les sucede, generan uno u otro tipo de vida y determinan la paz o felicidad que pueden encontrar en ella. “Lo que ocasiona molestia o sufrimiento a las personas no son las cosas mismas, sino los juicios que hacen sobre ellas. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible (o Sócrates la habría encontrado terrible), es nuestro juicio acerca de la muerte el que es terrible. Cuando estamos tristes o disgustados, nunca culpemos a otros, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestros propios juicios…

El Observador y su Mundo, Vol: I, Editorial Granica, 2009. pags: 135 a 192.-

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