INES SHAW

Cuando hace ya más de un año pusimos en el ciberespacio nuestro sitio y “discutíamos” sobre los contenidos de esta página (En Sintonía), nos surgió una diyuntiva que aún hoy, paradójicamente, es fuente de muchas ricas reflexiones sobre la naturaleza, esencia y alcance de la Enseñanza de K. En ésto coincidimos y nos sirvió de pauta rectora para la elección de los textos: carecía de sentido solo elegir aquellos que “más o menos” dicen lo mismo, ya que nada agregarían. La cuestión era pues intentar humildemente acercarnos al sustrato que anida más allá de sus palabras, confiando en que así como en muchos de nosotros el autoconocimiento servía de fuente inspiradora y contacto con otra cosa, lo mismo debía ocurrir con aquellos que sinceramente  intentan o intentaron levantar las barreras de nuestros condicionamientos. Por eso, a esta altura estamos convencidos que todo aquel o aquella que se interna con todo su energía en el campo de lo no dado previamente, siempre beberá agua pura, independientemente del lenguaje verbal  que utiliza para transmitir sus vivencias, el que, por su misma naturaleza, también siempre es limitado. Este es el espíritu que anima todas nuestras elecciones y en este caso, la siguiente:           

EL HATHA YOGA

        Los jivan mukta eran librepensadores de su época y no aprobaban el sistema de castas en que la India se dividía. La tradición cuenta que al ser perseguidos se escondían en cuevas bajo la superficie, cambiaban frecuentemente de lugar para no ser encontrados, nunca dejaban rastros y no tenían nada escrito, sólo el maestro y la práctica corporal: el Hatha Yoga. Se reunían en grupos pequeños y era fundamental hacer u voto de silencio con respecto a las enseñanzas.

     Los maestros guiaban en la transmisión de los principios filosóficos integrados con la práctica. Como se trataba de grupos secretos y de enseñanza directa, con el paso del tiempo fueron perdiéndose eslabones importantes de conocimiento.

    Hoy existen miles de maestros y escuelas. Basan sus enseñanzas en el trabajo corporal lento, donde se hace principalmente hincapié en la pasividad y la relajación. Y a nivel espiritual, la práctica se asiente en el silencio, en la meditación, en el observador y en el amor. En un “no hacer”.

    El Hatha Yoga es entre los occidentales la práctica más popular. Elegida, tal vez, por los aspectos de disciplina y de exigencia comunes entre nosotros- La otra rama es más para devotos y los que aman refugiarse en los Ashrams, brindarse por la entrega y disolver sus egos en la nada.

    El tipo de enseñanza que yo recibí era muy difícil de encontrar. Se trataba de pequeños grupos que funcionaban debajo de la superficie.

   Si bien las clases de Hatha Yoga son una panacea y las personas siempre salen recompuestas debido a la técnica psicocorporal que se utiliza para contactar la fuerza esencial del individuo, al pasar el tiempo noté que era necesario enseñarles a los alumnos lo que estaban haciendo para que ese conocimiento pudiera ser propio y utilizable en cualquier circunstancia desestabilizante de la vida.

   Por eso llamé al Yoga, Yoga del conocimiento. De otra manera, me sentía parte del sistema de consumo de Occidente tratando de crear una necesitad y una dependencia de volver a clases en busca de bienestar.

   Debido a esto comencé a dar la aplicación de las Asanas a la realidad. Para ello se utiliza la conciencia y se entrena el enfoque para poder encontrar el núcleo del movimiento de la realidad y así centrarse en ella. De esta manera se conecta el aspecto del microcosmos y el macrocosmos como una unidad integrada, a través de las Asanas  y el lenguaje de geometría como herramienta.

   Esta técnica surgió como una respuesta a la dificultad del individuo espiritual de materializar y concretar en la realidad.

   La acción es un aspecto esencial del Yoga, ya que las Asanas a pesar de ser quietas aplican las formas de sostener una acción centrada que utilice la fuerza y no el esfuerzo.

   Esta fuerza de la que hablamos necesita de la dirección. Por esto conectarse con la acción se convirtió también en parte de mis enseñanzas, ya que el saber se halla en la realidad una vez efectuada la acción. Desde allí se pueden observar los resultados y continuar. Hay una acción que es repetir el pasado y una acción que se ejerce desde la libertad del presente. La acción que se repite no es más que una mera reacción.

   En cambio el saber del presente basado en la experiencia personal es el saber de los sabios. Sin experiencia, el saber se vuelve de la mente.

La certeza de esta acción impide el esfuerzo porque se inicia en un nivel donde no existe el temor.

Más tarde descubrí que el único viaje necesario o, mejor dicho, el único imprescindible, es el que hacemos al interior de nosotros mismos. Solo en él se puede lograr la experiencia que nos permite la transformación y que nos permitirá la unión indisociable de nuestro cuerpo con nuestro espíritu, Llegando a ser individuos, es decir, indivisos.

No es un camino mágico, sino de conciencia, de perseverancia, de autodisciplina, de confianza en sí mismo. Al equilibrio no se llega por azar, no es cabalístico y meno ocultista.

 La expresión Yoga hace referencia “al trance espiritual que se obtiene al cerrar los sentidos al mundo exterior para revertir la conciencia hacia el interior, concentrando la mente en esa energía primordial que mora dentro de los seres humanos y que los nutre de vida y conciencia”. Los maestros, cuando hacen referencia a ese proceso, lo denominan el “camino dorado”, pues es recorrer el camino que une el centro con la periferia, es desprender la conciencia de nuestra personalidad (desidentificar). A través de la relajación, la conciencia transita a nuestro centro, nos encontramos en plena tensión y nos sentimos vivos. Somos nosotros mismos, pero sin actividad de la personalidad, sin palabras, sin emociones.

 La vida, vista desde nuestra personalidad, está teñida por nuestras propias proyecciones. En cambio, la misma realidad, vista desde nuestro centro o conciencia, es transparente.

Podemos establecer un paralelismo entre este concepto de recorrer el camino y el mito del héroe. El tema básico y universal de este mito es la partida. El logro y el regreso, es decir que el periplo del héroe es salir de una condición y encontrar la fuente de la vida para regresar maduro y enriquecido.

La mente está acostumbrada a moverse a gran velocidad y en la superficie. Nuestros ojos se relacionan con este movimiento mental, así nuestra búsqueda es siempre hacia afuera, hacia lo externo.

El presente es encontrar el adentro y no el afuera. En la India, cuando hacemos esta práctica, dicen que estamos adiestrándonos a ver “sin ojos de apego”. Los maestros hindúes nos enseñan a buscar el equilibrio dinámico del espacio, es decir, la totalidad adentro.

Antiguamente quienes ingresaban en estas viejas escuelas (India, Pitágoras, etcétera) eran individuos que se formaban para ser líderes de acción justa, para poder dirigir, cuidar y ser un ejemplo a la sociedad.

Actualmente se da la paradoja que el “buscador”, el individuo que resiste los valores de la sociedad, queda fuera de la misma. De esta forma, la persona que pone su energía en pos de esta búsqueda interna, con el tiempo termina transformando eso mismo en  su contra porque el saber sin la acción impide comprobar resultados, por ende se corta la cadena del saber.

Saber/hacer.

Saber sin acción no es saber.  

Los ejercicios espirituales como la meditación, las prácticas corporales o la filosofía son estériles, sin la observación de la realidad, la identidad y la memoria propias. Todas estas disciplinas solo pueden ser de utilidad si el individuo está en tiempo presente…

….El conocimiento profundo de nosotros mismos nos acerca a saber nuestro deseo esencial, que no proviene de una necesidad sino de un deseo de completitud…

La Religión en la Época de la Muerte de Dios, Una experiencia en la India, págs.: 277/283, Editorial Marea.-

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