ILYA PRIGOGINE

Periódicamente tratamos de acercar a este espacio pensadores que no pertenecen a lo que tradicionalmente se llama “humanidades” para alumbrar desde perspectivas distintas las cuestiones centrales sobre las que se interroga el ser humano. En este caso particular, de manera especialmente extractada, sólo pretendemos invitar a leer este libro para los que se interesan en el tema, destacando el vínculo con lo filosófico y, en particular, la forma de abordar la cuestión del tiempo, tan cara a la enseñanza de K . Su autor central, en ocasión de visitar Buenos Aires en una conferencia sobre el mismo tema reprodujo  como síntesis genial de la contradicción ínsita en los seres humanos, los siguientes   párrafos:…”El tiempo es una sustancia de la que estoy hecho; el tiempo es un río que me lleva, pero yo soy el río, es un tigre que me destruye, pero yo soy el tigre, es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego” . Jorge Luis Borges.-

“Hace ochenta años aparecía un libro que ha marcado la historia de las relaciones entre ciencia y filosofía y que todavía hoy suscita discusiones y controversias, “La evolución creadora” de Henri Bergson. Contrariamente a la actitud de muchos filósofos frente a la ciencia, Bergson no se interesaba por problemas abstractos como la validez de las leyes científicas, los límites últimos del conocimiento, sino por lo que esta ciencia nos dice sobre el mundo que pretende comprender. Y su veredicto señalaba la muerte de esta pretensión. La ciencia, afirma, ha sido fecunda cada vez que ha logrado negar el tiempo, darse objetos que permiten afirmar un tiempo repetitivo y reducir el devenir a la producción de lo mismo por lo mismo, Pero cuando abandona sus objetos predilectos, cuando intenta llevar al mismo tipo de inteligibilidad aquello que en la Naturaleza manifiesta el poder de invención del tiempo, la ciencia sólo es una caricatura del sí misma.

El juicio de Bergson causó escándalo, Se podía permitir que la ciencia no podría penetrar nunca en los dominios tradicionales reservados a la filosofía, tales como el espíritu humano, la libertad o la ética, Pero de aceptarlo, es el dominio en el que la ciencia es fecunda, y no el reservado, a la filosofía, el que se reduce como una piel de zapa. Es  en efecto, a partir de nuestra experiencia más íntima, la experiencia de la duración, y no a partir de los objetos privilegiados por nuestra ciencia, como podemos esperar comprender la Naturaleza de la que somos solidarios.

Así, el tiempo vivido, el tiempo que constituye nuestra propia vida, no nos opone, según Bergson a un mundo “objetivo”; por el contrario, este tiempo pone de manifiesto nuestra solidaridad con lo real. “Uno de los objetivos de  “La evolución creadora” es el mostrar que el Todo es de la misma naturaleza que el yo, y que es aprehendido mediante una profundización cada vez más completa de uno mismo”.

…El mundo que nosotros observamos sólo es una fluctuación local en un Universo que, globalmente, ignora la dirección del tiempo; en otras regiones del Universo, estadísticamente tan numerosas como las que comparten nuestra flecha del tiempo, la entropía sería decreciente.

…La ambición de ciertas prácticas místicas ha sido siempre la de escapar a las cadenas de la vida, a los tormentos  y decepciones de un mundo cambiante y engañoso. En cierto sentido Einstein hizo de esta ambición la vocación misma del físico y, haciendo esto, la tradujo en términos científicos. Los místicos buscaban vivir este mundo como una ilusión; Einstein quiso demostrar que es sólo una ilusión, y que la verdad es un Universo transparente e inteligible, purificado de todo lo que afecta a la vida de los hombres la memoria nostálgica o dolorosa del pasado, el temor o la esperanza del futuro…

Entre el Tiempo y la Eternidad, Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, Alianza Editorial, págs: 21 a 35.-

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