MONICA CAVALLE

     Sabemos que K constantemente nos decía que no había leído libro alguno de filosofía, que su Enseñanza era simple producto de su observación de la vida real. Era evidente que intentaba alejarse de todo aquéllo que solo fuere un marco teórico, nos insistía en ver nuestras propias vidas y las de nuestro semejante y desde allí partir. En el libro que en varios párrafos reproducimos, la autora nos lleva en un viaje imaginario a contactarnos con la sabiduría vivencial perenne que se ha preservado a lo largo de los tiempos.
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La filosofía como sabiduría.
      Cuando oímos la palabra filosofía, casi todos pensamos de inmediato en la disciplina académica, en gran medida abstracta y auto-referencial, que lleva ese nombre; en esa rama del saber a la que se entregan individuos sesudos y extremadamente serios, proclives a encerrarse en sus especulaciones y en bibliotecas sombrías mientras la vida fluye, magnífica y palpitante, al margen de sus disquisiciones y al otro lado de las ventanas. Pocos ecos quedan ya en esta palabra de lo que quiso ser originalmente esta actividad: amor a la sabiduría entendida no sólo como un saber acerca de las verdades más profundas sino también como arte por excelencia de la vida. […]
     […] la filosofía cambió de naturaleza, abandonó su función originaria, pero siguió conservando la denominación que la asociaba a la sabiduría, al aprendizaje de vivir, al camino de la plenitud y la liberación interior […] el lugar arquetípico de la sabiduría desapareció […]
      El lugar arquetípico de la sabiduría, en buena medida silenciado en nuestra civilización, es precisamente aquél que aúna, de forma indisociable, conocimiento, experiencia directa, transformación personal y liberación interior. El que evidencia que no hay verdadera filosofía sin «despertar»: sin una modificación profunda de nuestro ser que es el preámbulo de la visión interior; que el compromiso con la verdad pasa por el compromiso con la propia veracidad, y que cuando no es así, el conocimiento filosófico no sólo es estéril, sino falaz […]
      Pero la sabiduría es indestructible, una y otra vez aflora, ajena a márgenes disciplinarios y a legitimaciones oficiales, allí donde alguien está profundamente comprometido con la verdad. Esta sabiduría imperecedera, que aflora por doquier, ha mantenido y mantiene viva la antorcha de las intuiciones y experiencias atemporales sobre la condición humana, así como de las instrucciones que nos permiten adentrarnos en el camino de la lucidez serena. […]
     [la filosofía tradicional oculta] lo único que puede proporcionar a todo ser humano la plena autonomía de su espíritu: la certeza de que «a todos los hombres les está concedido […] ser sabios» (Heráclito); la convicción máximamente liberadora de que dentro de cada uno de nosotros  –siempre que estemos profundamente interesados en la verdad– podemos hallar la guía y el refugio, de que todo hombre puede llegar a ser una luz para sí mismo».
     Que cada uno de vosotros sea su propia isla, cada uno su propio refugio. (Buda)
     Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la noche. (Heráclito, Fragmento 26)
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La sabiduría como terapia o arte de vida.
     Parecen quedar lejos de nosotros aquellos tiempos en que la filosofía tenía un profundo impacto en la vida de quienes la cultivaban, cuando era una práctica que conllevaba toda una ejercitación cotidiana y un estilo de vida. La palabra «filosofía» ha llegado a ser sinónimo de especulación divorciada de nuestra realidad concreta, de pura teoría, de reflexión estéril, y casi hemos olvidado que durante mucho tiempo fue considerada el camino por excelencia hacia la plenitud, y una fuente inagotable de inspiración en el complejo camino del vivir.
     Pero el rumbo discutible que con frecuencia ha seguido la filosofía en nuestra cultura no puede hacernos olvidar que ésta nació, en torno al 600-400 a. C. en la antigua Grecia –y paralelamente en otros lugares, como India o China–, no sólo como un saber acerca de los fundamentos de la realidad, sino también como un arte de vida, como un camino para vivir en armonía y para lograr el pleno auto-desarrollo. La filosofía no era únicamente una actividad teórica que podía tener ciertas aplicaciones prácticas; más aún, en ella esta división entre teoría y práctica, entre conocimiento y transformación propia, carecía de sentido. Los filósofos de la antigüedad sabían que una mente clara y lúcida era en sí misma fuente de liberación interior y de transformaciones profundas; y sabían, a su vez, que esta mente lúcida se alimentaba del compromiso cotidiano con el propio perfeccionamiento, es decir, de la integridad del filósofo.
   Esta convicción de que sabiduría y vida son indisociables hacía de la filosofía el saber terapéutico por excelencia. El término «terapia» alude aquí a su función liberadora y sanadora: era «remedio» para las dolencias del alma. Los primeros filósofos sostenían que el conocimiento profundo de la realidad y de nosotros mismos era el cauce por el que el ser humano podía llegar a ser plenamente humano; que el sufrimiento, en todas sus formas, era, en último término, el fruto de la ignorancia. Consideraban que la persona dotada de un conocimiento profundo de la realidad era, al mismo tiempo la persona liberada, feliz, y el modelo de la plenitud del potencial humano: el sabio». […]
      La filosofía así entendida [la sapiencial] se propone inspirar más que explicar; no nos invita a poseer conocimientos, sino a acceder a la experiencia de un nuevo estado de saber y de ser, cuyos frutos son la paz y la libertad interior. El modelo de esta filosofía no es un sistema teórico, ni un libro, sino la persona capaz de encarnarla: el «sabio», el «maestro de vida». Se trata de una sabiduría que no es fruto del ingenio ni de las disquisiciones de nadie en particular, que no es «propiedad» de ningún pensador; de hecho, allí donde ha estado presente, nadie se ha sentido su propietario.
Cavallé, Mónica: La Sabiduría Recobrada, M R ediciones, 2006

Los Rectos Medios de Vida

Interlocutor: «¿Cómo puede uno darse cuenta de su propio condicionamiento?»

Krishnamurti: Eso es posible solo si comprendemos otro proceso, el proceso del apego. Si podemos comprender por qué estamos apegados, entonces quizá podamos darnos cuenta de nuestro condicionamiento.

I: «¿No es ése más bien un largo rodeo para abordar un problema directo?»

K: ¿Lo es? Trate simplemente de darse cuenta de su condicionamiento. Solo puede conocerlo de un modo indirecto, en relación con alguna otra cosa. No puede percibir su condicionamiento como una abstracción, porque entonces eso será meramente verbal, sin mucha significación. Sólo nos damos cuenta del conflicto. El conflicto existe cuando no hay integración entre el reto y la respuesta. Este conflicto es el resultado de nuestro condicionamiento. El condicionamiento es apego: apego al trabajo, a la tradición, a la propiedad, a la gente, a las ideas, etc. Si no hubiera apego, ¿habría condicionamiento? Por supuesto que no. Entonces, ¿Por qué nos apegamos? Yo me apego a mi país porque gracias a la identificación con él llego a ser alguien. Me identifico con mi trabajo, y el trabajo se vuelve lo importante. Yo soy mi familia, mi propiedad, me apego a ellas. El objeto del apego me ofrece los medios de escapar de mi propia vacuidad. El apego es un escape, y el escape fortalece el condicionamiento. Si estoy apegado a usted, es porque se ha vuelto el medio de escapar de mi mismo; por lo tanto, usted es muy importante para mí y yo debo poseerlo psicológicamente, aferrarme a usted. Usted llega a ser el factor que me condiciona, y el escape es el condicionamiento. Si podemos darnos cuenta de nuestros escapes, podremos percibir los factores, las influencias que contribuyen al condicionamiento.

I: «¿Estoy escapando de mi mismo mediante el trabajo social?»

K: ¿Está usted apegado a él? ¿Se sentiría perdido, vacio, aburrido, si no realizara esa labor social?

I: «Eso es lo que ocurriría, estoy seguro.”

K: El apego a su trabajo es su forma de escapar. En todos los niveles de nuestro ser hay formas de escapar. En todos los niveles de nuestro ser hay formas de escapar de nosotros mismos. Usted escapa por medio de su trabajo, otros a través de la bebida, otro por medio de ceremonias religiosas, otro entregándose a las diversiones. Todos los escapes son lo mismo, no hay escape superior o inferior. Dios y la bebida están en el mismo nivel en tanto sean modos de escapar de lo que somos. Sólo cuando nos demos cuenta de nuestros escapes, podremos conocer nuestro condicionamiento.

I: “¿Qué haré si dejo de escapar mediante la labor social? ¿Hay alguna cosa que pueda hacer sin escapar? ¿No es toda mi acción una forma de escapar de lo que soy?”

K: Esta pregunta, ¿es meramente verbal o refleja una realidad, un hecho que usted está experimentando? Si no escapara, ¿qué sucedería? ¿Lo ha intentado alguna vez?

I: “Lo que usted está diciendo es muy negativo, si se me permite decirlo. No ofrece ningún sustituto para el trabajo.”

K: ¿No es toda sustitución otra forma de escape? Cuando una forma particular de actividad no es satisfactoria o genera un nuevo conflicto, nos volvemos hacia otra. Reemplazar una actividad por otra sin comprender el escape es mas bien inútil, ¿verdad? Son estos escapes y nuestro apego los que contribuyen al condicionamiento. El condicionamiento genera problemas, conflicto. Es el condicionamiento lo que impide que comprendamos el reto; estando condicionada, nuestra respuesta debe engendrar, inevitablemente, conflicto.

I: “¿Cómo puede uno librarse del condicionamiento?»

K: Sólo comprendiendo sus escapes, dándose cuenta de ellos. Nuestro apego a una persona, al trabajo, a una ideología, es el factor del condicionamiento, esto es lo que debemos comprender y no buscar un escape mejor o más inteligente. Ningún escape es inteligente, porque todos engendran, por fuerza, conflicto. El cultivo del desapego es otra forma de escape, de aislamiento, es apegarse a una abstracción, a un ideal llamado desapego. El ideal es algo ficticio fabricado por el ego, y convertirse en un ideal es escapar de “lo que es”. Sólo cuando la mente ya no busca ningún escape, comprendemos “lo que es”. El pensar mismo en “lo que es”, es una forma de escapar de ”lo que es”. Pensar acerca del problema es escapar del problema, porque el pensamiento es el problema, el único problema. La mente reacia a ser lo que ella es, temerosa de lo que es, busca estos diversos escapes; y la vía de escape es el pensamiento. Mientras haya pensamiento, tiene que haber escapes, apegos, los que no hacen más que fortalecer el condicionamiento.

La libertad con respecto al condicionamiento llega cuando estamos libres del pensar. Cuando la mente se halla en total silencio, sólo entonces hay libertad para que lo real se manifieste.

 

 Los Rectos Medios de Vida, Editorial Planeta, 1995, páginas 124 a 126.-

KEN WILBER

Si buscaramos simplificadamente resumir en un tema central la Enseñanza de Krishnamurti ( lo que obviamente puede resultar absolutamente cuestionable), podríamos decir que el «ver», con todas sus implicancias, es el eje de la misma. Ver, observar, comprender, percibir, conocer, desprenderse del condicionamiento, etc, etc, son todas variantes del intento del conocimiento propio, esencial para ser libres. En esta entrega, Ken Wilber, nos explica los distintos ojos con que los humanos hemos históricamente observado la realidad.

«San Buenaventura, filósofo favorito de los místicos, enseñaba que hombres y mujeres tienen tres modos de alcanzar el conocimiento o, como él decía, “tres ojos”: el ojo de la carne, por medio del cual percibimos el mundo externo del espacio, el tiempo y los objetos; él ojo de la razón, mediante el cual alcanzamos el conocimiento de la filosofía, la lógica, y la mente misma, y el ojo de la concentración, por obra del cual nos elevamos al conocimiento de las realidades trascendentes. Ahora bien, esta formulación particular en que se nos habla ojo de la carne, de la mente y de la contemplación es cristiana, pero cabe encontrar ideas similares en todas las escuelas principales de la psicología, la filosofía y la religión tradicionales. Los “tres ojos” de un ser humano corresponde, de hecho, a los tres ámbitos principales del ser que describe la filosofía perenne, que son el burdo (carnal y material), el sutil (mental y anímico) y el causal (trascendente y contemplativo).  Estos ámbitos han sido ya objeto de amplias descripciones y aquí sólo quisiera señalar la unanimidad de éstas entre los psicólogos y los filósofos tradicionales. Para ampliar lo que vislumbró Buenaventura, los modernos podríamos decir que el ojo de la carne participa de un mundo de experiencia sensorial compartida, que él en parte crea y en parte revela. Es el ámbito de los “burdo”, el dominio del espacio, del tiempo y de la materia. Es el “compartido” por todos los que poseen un ojo de la carne similar. (…) El ojo de la carne es inteligencia sensorio-motriz básica, es constancia de los objetos; es el ojo empírico, el ojo de la experiencia sensorial. Se ha de aclarar desde el comienzo que uso el término “empírico” tal como se emplea en filosofía, para designar algo susceptible de ser captado por los cinco sentidos humanos o sus extensiones. El ojo de la razón (o, más generalmente, el ojo de la mente) participa de un mundo de ideas, imágenes, lógica y conceptos. (…) al ser tanto lo que en el pensamiento moderno se basa exclusivamente en el ojo empírico, el ojo de la carne, es importante recordar que el ojo mental no se puede reducir al ojo de la carne. El campo mental incluye el campo sensorial, pero lo trasciende. (…) aunque el ojo de la mente confía, para gran parte de su información, en el ojo de la carne, no todo conocimiento mental proviene estrictamente del conocimiento carnal ni se ocupa exclusivamente de los objetos de la carne. Así como la razón trasciende la carne, así la contemplación trasciende la razón. Así como la razón no puede ser reducida al conocimiento carnal ni derivada de él, tampoco la contemplación puede reducida a la razón ni se deriva de ella. Así donde el ojo de la razón es trans-empírico, el ojo de la contemplación es trans-racional, trans-lógico y trans-mental. Demos simplemente por supuesto que hombres y mujeres poseen, todos, un ojo de carne, uno ojo de razón, y un ojo de contemplación; que cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento (sensoriales, mentales, y trascendentales); que un ojo superior no puede ser reducido a un ojo inferior ni explicado en función de este último; que cada ojo es válido y útil en su propio campo, pero comete una falacia cuando intenta, él sólo una captación cabal de los ámbitos superiores o inferiores. Lo único que quiero subrayar aquí que cuando un ojo intenta usurpar el papel de cualquiera de los otros, se produce un error categorial. Y tal error puede darse en cualquier situación: el ojo de la contemplación está tan mal equipado para percibir los hechos del ojo de la carne como incapacitado está el ojo de la carne para captar las verdades del ojo de la contemplación. Sensación, razón y contemplación revelan sus propias verdades en sus propios ámbitos, y cuando un ojo intenta ver por cualquiera de los otros, el resultado es un empobrecimiento de la acción. Pues bien, errores categoriales de este tipo han sido el gran problema de casi todas las religiones principales. El hecho es que, en sus momentos culminantes, el budismo, el cristianismo y otras religiones contenían visiones fundamentales de la realidad fundamental; pero estas visiones, de naturaleza trans verbal, se dieron invariablemente mezcladas con verdades racionales y hechos empíricos. La humanidad, podríamos decir, no ha emprendido todavía a diferenciar y separar los ojos de la carne, de la razón y de la contemplación. Y como la revelación se confundía (por ejemplo) con la lógica y con los hechos empíricos, y los tres eran presentados como una sola verdad, sucedieron dos cosas: los filósofos consiguieron destruir el aspecto racional de la religión y la ciencia consiguió destruir su aspecto empírico. […] a partir de ese momento, en occidente la espiritualidad quedó desmantelada y sólo se mantuvieron la ciencia y la filosofía. Sin embargo, en el plazo de un siglo también quedó diezmada la filosofía como sistema racional –es decir, sistema basado en el ojo de la mente—por el nuevo empirismo científico. Llegado a ese punto, el conocimiento humano se vio reducido exclusivamente al ojo de la carne. El ojo contemplativo había desaparecido, el ojo mental había desaparecido, y la humanidad restringió sus medios de conocimiento válido al ojo de la carne. Así, la ciencia se convirtió en cientificismo. No se limitaba a hablar en nombre del ojo de la carne, sino también en nombre del ojo de la mente y del ojo de la contemplación. Al hacerlo, fue presa precisamente del mismo error categorial que había descubierto en la teología dogmática y que tan caro había hecho pagar a la religión. Los cientificistas trataron de olvidar a la ciencia a hacer con su ojo de la carne el trabajo de los tres ojos. Y eso es un error categorial que no solamente la ciencia, sino el mundo, han pagado muy caro. Así, de hecho el único criterio de verdad llegó a ser el criterio científico, es decir, una prueba sensorio-motriz realizada por el ojo de la carne, basado en mediciones […] y sin embargo, la verdad es que: “Esta posición de los científicos era […] puro alarde” de la parte jugando al todo. El ojo de la carne se atrevió a decir que lo que él no ve no existe, y lo que debería haber dicho es que lo que él no ve no lo ve. Una ciencia “superior” ¿No es posible que los propios hombres de ciencia hayan definido de manera demasiado estrecha el método científico? Una ciencia más expandida, ¿podría aplicarse al ámbito del ojo de la mente y al del ojo de la carne? La ciencia, ¿está atada al ojo de la carne o pueda expandirse hasta abarcar el ojo de la mente y el de la contemplación? La existencia de ciencias de los estados específicos, es decir, de ciencias que se den estados superiores de conciencia, ¿es una posibilidad o un error bienintencionado? Charles Tart cree que el método científico ha sido innecesaria y arbitrariamente limitado al ojo de la carne por un “prejuicio materialista” el supuesto de que sólo las entidades materiales merecen ser estudiadas. Siente que el propio método científico puede ser liberado de adherencias materialistas y aplicado a estados superiores de la conciencia y del ser (y tal es el concepto de ciencia de los estados específicos). Llega así a la conclusión que “la esencia del método científico” es perfectamente compatible con el estudio de diversos estados alterados de conciencia”

Más allá del Ego, Los tres ojos del alma, Editorial Kairós, 5° Edición,1991. pags 337/340.-